Lo bello y lo aterrorizante, fusionados. Otra vez, esa dualidad que me perturba y me cautiva. Son los años 80s. La blancura invernal reviste los suburbios de Estocolmo. La oscuridad prevalece veinte horas al día y el silencio es casi total. La atmósfera glacial nos encierra junto con dos púberos:
Oskar, de cabello rubio y tez extremadamente clara, tan tierno y dócil;
Eli, de 12 años "aproximadamente", salvajemente violento, un vampiro.
El bello es atraído por la bestia.
"¿Me amarías si yo no fuera una niña?", pregunta Eli a Oskar, quien yace a su lado sobre la cama. La respuesta es evidente: Oskar ama al vampiro con un amor ingenuo y tan puro que esconde prácticamente cualquier indicio de sexualidad. Es un amor que alivia la soledad a la que se enfrentan los dos personajes. Oskar sobrevive en la escuela y en su soledad va alimentando un deseo de venganza contra ese grupo de chicos que lo fastidian constantemente. Eli sobrevive oculto en la soledad provocada por su condición, esa que le crea una necesidad voraz de matar para saciar su sed.
Eli se refugia cerca de Oskar. Sólo un muro de tabiques los separa. Corto... corto... corto... largo. La comunicación en clave Morse refuerza la conexión casi espiritual de los dos jóvenes. Todo lo que uno parece ser, es en realidad la imagen interior del otro. Eli es la encarnación del odio reprimido de Oskar; Oskar es el reflejo de la sensibilidad inexpresada por Eli.
De Eli (
Lina Leandersson) y Oskar (
Kåre Hedebrant) es esta historia que el director sueco,
Tomas Alfredson, capturó con un realismo inusual para una ficción de vampiros. El romance y el suspenso son ingredientes que están siempre presentes aunque de manera apenas perceptible. La perfección de cada imagen nos ofrece una poesía visual que inmediatamente se opone al horror de escenas sanguinolentas, siendo la secuencia final una maravilla que engloba la esencia entera del filme.
Déjame Entrar (Låt den rätte komma in; Let the right one in), una historia de vampiros que no dudaría en volver a ver.
PD: Soy romántico y, igual que el director del film, creo que Oskar algún día será también vampiro.